Woody (III)

Cómo llegué a eso con Allison, empecé a explicarle, nunca lo supe. El caso, y es algo de lo cual nunca me he arrepentido, es que practiqué con ella todo el sexo que jamás pude imaginar.
En una fiesta del American Institute la conocí. Pelo moreno, estatura media, mulata y con la belleza propia de estas mujeres. No recordaba quién me la había presentado, ni en que idioma hablamos, aunque en días posteriores practiqué un español fluido y otros idiomas que no conocía. A las dos horas de conversación me confesó que debía marcharse, y que si quería podía acompañarla. Así, después de una noche de gran juerga, terminamos en su piso. Al principio tenía mis reparos, puedo jurar que subí con buenas intenciones, pero cuando la vi desnudarse al ritmo del Born in the USA, lo patrióticos que llegan a ser los norteamericanos, y follarme, porque para que engañarme eso fue lo que hizo, con el Sexy mother fucker sonando de fondo, fue para mí como elevarme a los altares, como si de repente se hubiesen visto cumplidas una gran parte de mis fantasías sexuales, aunque éstas jamás habrían incluido a Prince.
Desde el inicio, yo lo pensaba y creo que ella también, sabíamos que nunca nos enamoraríamos (recientemente habíamos salido de sendos desengaños amorosos), que nuestra atracción podría resumirse a un plano meramente físico, aunque más bien era necesidad del uno por el otro. Si es así como se puede decir. Disfrutar cada instante, a todas horas y sin parar, sin importar lo que en ese preciso momento estuviéramos haciendo. Eramos como un estudiante aplicado y deseoso de conocimientos y su profesora particular enseñándole la correspondiente lección.
Todavía creía que con el tiempo nos terminaríamos conociendo mejor, que a pesar de nuestras iniciales sensaciones teníamos que descubrir si podíamos conseguir modificar esos sentimientos. Pero lo que mejor conocí de Allison, y si recapacito un poco lo único, fue su cuerpo. Nunca olvidaré ni el contorno ni la forma de sus senos, ni el pequeño encanto de sus pezones, ni su coño y lo que podía llegar hacer con él, ni su boca, ni su lengua, ni el lunar estratégicamente colocado a la altura de su ombligo, ni todo el ardor de su ser en conjunto.
Hubo una semana que no paré de pensar en ella. Necesitaba sentir sus originales caricias y sus caprichosos besos, percibir cada bocanada de aire contenida en su aliento al lado de mi oído, el olor de su aroma contaminando cada poro de mi organismo, darme continuos revolcones entre las sábanas de su cama. Era tal mi ansiedad que incluso comenté mi problema a Lucas y él me aconsejó que me aprovechara mientras pudiera. Y eso fue lo que hice: aprovechar el momento. Carpe diem.
A mi macho hispánico, era como me llamaba en los instantes más apasionados, le hacía alguna cena en su apartamento, quería practicar y mejorar sus recientes conocimientos de cocina española, y lo bañaba de vez en cuando (la de cosas que se llegan a hacer en una bañera), en fin, no había motivos para quejarme y, a pesar de ello, a las dos semanas de hacer siempre lo mismo terminé por cansarme, pero, aquí estuvo mi error, no fui capaz de dejarla.

La última semana que estuvimos juntos ocurrió el incidente de Woody. Ella vivía en un piso de la calle Martín de los Heros, muy cerca de los cines Alphaville y Renoir (con unas carteleras muy bien elaboradas y todo tipo de propuestas para sus numerosos y asiduos visitantes), que por su proximidad visitaba con frecuencia para distraerse.
Una noche decidimos ir al cine en sesión de madrugada. A Allison le encanta Woody Allen y coincidió que reponían Annie Hall. Compramos las entradas y, porque la apeteció, nos sentamos en un rincón de la última fila. Ni por lo más remoto podía imaginar lo que después iba a pasar. Desde el comienzo de la película, y en el mismo instante en que apareció Woody Allen en pantalla, Allison se mostró muy cariñosa e inició su acoso en un ritual muy bien estudiado. Primero, en ese instante comprendí por qué llevaba minifalda, por rapidez y comodidad, y por qué nos sentamos al final de la sala, se quitó las bragas, me desabrochó la bragueta, sacó un preservativo del bolsillo de mi cazadora, y en la escena donde Annie intenta convencer a Alvy para que se fumen un porro, alucinar y tener nuevas experiencias sexuales, no recuerdo más de la secuencia, porque Allison, o era Annie, se colocó encima mío y empezó a hacérmelo.
Estaba asustado, sorprendido y, por supuesto, completamente avergonzado. ¡Alguien podría vernos! A ella no parecía importarle nada ya que seguía con sus movimientos, sube y baja, y con sus manos frotaba mi cabello e introducía su lengua en mi oreja, y cuando me disponía a seguirle el juego me susurró al oído: ‘Así Woody. Sigue. Como me gusta. Sí, sí, sííí.’ Se suponía que estaba jodiendo conmigo y en cambio ella con quien verdaderamente creía que lo estaba haciendo era con Woody Allen. Me sentí manipulado. ¿Qué clase de broma era? ¿Cómo un tipo calvo, con esa cara y esas gafas y, además, enclenque podía ponerla tan cachonda? Ya comprendía sus palabras sobre que el atractivo de un hombre residía en su inteligencia.
Por venganza pensé que no era Allison quien se suponía estaba allí conmigo sino Susana. El pecho que tocaba, el cuello que mordía y la cintura que acariciaba eran las suyas, y, por primera vez desde que me acostaba con Allison, hicimos el amor.

No recuerdo el tiempo que estuve con la americana botando sobre la butaca, pero si que me sentía como el protagonista de una película porno, ella la actriz estrella y el resto del público en el cine los espectadores de la exhibición. Antes de que la sala fuera iluminada, de eso sí me acuerdo, se colocó en su asiento y se vistió. No hubo palabras, tampoco reprimendas ni malos gestos, y sí una sensación de que nuestra relación había terminado. Lo que acababa de suceder y el efecto Woody fueron la excusa.

Woody (II)

Conocí a Lucas a través de su hermana Susana, cuando salía con ella (ahora sólo nos une una gran amistad ¿Por qué trato de engañarme?), y se puede decir que con el tiempo nos hicimos inseparables.
Recuerdo ese día, hace más de tres años que nos conocemos, como si hubiera ocurrido ayer mismo:

-Mira, Eduardo, éste es mi hermano Lucas -dijo Susana y, acto seguido, nos dimos la mano. Ya cuando nos vemos nos abrazamos.
-Vaya, tienes nombre de evangelista -comenté.
-Peor hubiera sido llamarme Judas -respondió Lucas.
Los tres sonreímos, fue una sonrisa sincera.
La historia de su nombre es, cuando menos, curiosa. Sus padres, personas muy religiosas, habían decidido, antes de que naciesen, tener cuatro hijos varones para poder ponerles los nombres de los cuatro evangelistas. El Nuevo Testamento era por aquella época el libro de cama de su padre. Al primer hijo le pusieron por nombre Juan y al segundo, que era él, lo llamaron Lucas. Todo se desarrollaba según sus planes hasta que nació el tercer hijo. Fue niña. Su religiosidad decayó, el Nuevo Testamento dejó de ser el libro de cama y a la niña la llamaron Susana. A partir de ese día decidieron no tener más hijos.

-¿Qué pasó con la americana? -preguntó-. ¿Cómo se llamaba?
-Allison -respondí.
-¿Qué sucedió? Te veía tan…
-Encoñado, eso quieres decir.
-Exacto -afirmó-. No me digas que te cansaste de hacer el amor con ella, si uno puede terminar por cansarse de hacer eso.
Pensé que con esta afirmación se estaba contradiciendo, que no guardaba relación con lo que anteriormente había expuesto. En cierta forma se estaba rindiendo ante la evidencia de que era mejor un buen cuerpo que una cara inteligente y bonita.
-Me cansé -aclaré sin entrar en controversia con él-. Considero al amor como un sentimiento muy profundo, y al sexo como algo de lo que se puede llegar a prescindir si es necesario. Además, alguien dijo una vez que el sexo sólo era una cuestión de centímetros-. Fue uno de mis pocos momentos de lucidez en mucho tiempo, incluso proseguí-. ¿Sabes la sensación de vergüenza que produce pensar que estás dando placer a una persona y ésta empieza a susurrarte al oído el nombre de otro?
Woody, gritaron en mi cabeza y continuó, como si se tratara de un eco, durante un buen rato.
Se empezó a reír a carcajadas.

Woody (I), un cuento

Es un experimento al que le estuve dando vueltas durante esta semana santa. Buscando entre viejos ficheros me encontré con este cuento que escribí hace ya 8 años (me falla la memoria). Supongo, que habiendo pasado ya tanto tiempo, con el tema de los derechos de autor (alguien se atrevió a premiarlo), no habrá problemas. La cuestión es que siempre he querido publicarlo, y teniendo mi propio blog para hacerlo me parece el sitio perfecto donde colgarlo. Lo haré por pequeños capítulos y en días sucesivos. El último día contaré cómo surgio la idea. Este es el cuento:

WOODY (I)

«Para mí el amor es algo muy profundo. El sexo sólo tiene que alcanzar unos centímetros.»
Woody Allen, Balas sobre Broadway


“La nueva película de Woody Allen abre el festival de Venecia”, leí ayer en el periódico. Desde hace meses tengo interés por conocerle en persona (se puede decir que me encantan sus películas y, aunque es una faceta poco conocida suya, sus libros de relatos. En especial un cuento donde dos grandes amigos empiezan una partida de ajedrez tranquila, amistosa y pacíficamente, y durante el transcurso de la partida o a consecuencia de la misma, discuten, pierden la amistad y rompen las relaciones), y con más motivo desde que viví la experiencia de Allison, Annie Hall y el sexo.

Una tarde mantenía con mi amigo Lucas una interesante conversación sobre qué tipo de mujeres comparándolas con conocidas actrices nos gustaban. Él prefería y defendía la opción de las actrices europeas, Juliette Binoche, Irene Jacob o Emmanuelle Beart, en comparación con las americanas, como excepción también habló de Salma Hayek, una mexicana guapísima, porque, en concreto, se inclinaba más por la belleza intelectual que éstas representaban, no quería decir que consideraba estúpidas a las otras, sino más bien defendía la tesis de que para él la cara era el reflejo de la hermosura.

-Es más -comentó-, lo primero que hacemos al fijarnos en una chica o en una mujer es en la cara, si nos llama la atención su corte de pelo o si va bien maquillada, y es a partir de ahí cuando nos interesamos por lo demás.

Yo en cambio, más por el interés en llevarle la contraria, rendía tributo a los cuerpo esbeltos, al esplendor de las actrices que tuvieran una silueta trabajada y bien definida, del tipo Demi Moore (sin entrar en discusiones sobre si se habían operado o no), aunque hacía una pequeña distinción con Ingrid Rubio, no tiene un gran físico, pero los rasgos de su rostro, en especial esos ojazos y su penetrante mirada, me han cautivado desde que apareció en un anuncio de Sopas Gallo (era la famosa chica de pelo largo y que con una cuchara en la mano se relamía al contarnos las delicias de esta sopa), y más tarde protagonizando una película donde ella era lo único interesante.

Bueno, de ese tema estabamos hablando cuando, fue instintivo, se me ocurrió preguntarle:

-¿Qué tal está Susana?

Me miró asombrado. Por la expresión de su cara no se esperaba mi pregunta. Después me dijo muy serio:

-Creía que mi hermana te había dejado de interesar.

-Sí… Bueno, no lo sé -respondí dubitativo.

No todo es publicidad

Hace ya algún tiempo hablamos de la idea que tuvo para llamar la atención GM sobre el lanzamiento de un nuevo modelo de coche. En esa entrada comenté que Oprah había sido la que de verdad había logrado llamar la atención, que el Free Prize era para ella. El tiempo ha terminado dándonos la razón, ya que vía Brand Autopsy, me entero que las ventas del Pontiac G6, el coche que regalaban, están un 30% por debajo de las previsiones, y que los descuentos para vender los excedentes llegan hasta los 3.600 dólares.

No sólo hay que lograr que hablen de tí, sino que también es importante que el producto aporte algo o dé valor. Suena a perogrullo, pero algunos no se han dado cuenta de ello. Lo importante del paquete no es el envoltorio. Más importante es lo que esconde. Y Oprah frotándose las manos.

Innovación frente a adquisiciones

Es mi pequeña cruzada, pero sigo pensando que todo ese dinero que se gasta en las compras de empresas, tendría mayor provecho si se dedicase a financiar la innovación. Y además, el crecimiento mediante investigación mejora la competitividad de la empresa (no sólo la hace valer más ante una posible compra, sino que ve sus defensas fortalecidas).

No obstante, todo lo que intento decir lo explica muy bien Joyce Wycoff en este párrafo:

«Though sometimes effective in the short term, this strategy of innovation through acquisition usually fails because the acquiring corporation overestimates the value of synergies and underestimates the post-merger integration difficulties. In any case, innovation by acquisition is always at enormous cost, either in cash or stock, to the shareholders of the acquiring corporation. Shareholders see far higher returns when companies successfully innovate organically.»

Si aún no lo veis claro, leeros este informe del Woodsite Institute: Metrics for innovation.