Esto no es fútbol: La economía del feeling

Lo que no fueron capaces de hacer ni Laporta ni Txiki en un mes con el caso Eto’o, lo hizo Guardiola en 45 minutos de una rueda de prensa. Apeló al feeling y al olfato para indicar por qué no lo quería, y de ese feeling y sus interpretaciones, se desbloqueó el problema. Sin embargo, dejó Guardiola varias puertas abiertas en su reflexión que dieron lugar a pensar y mucho en lo que había por detrás. La economía del feeling había entrado a formar parte de las transacciones y las negociaciones entre clubes a la hora de fichar a jugadores. El “business” sin marketing, con los jugadores como producto. Sin sentimientos, sólo mercado y como moneda de cambio, sin importar el amor a unos colores. A eso apela la economía del feeling, y Guardiola lo sabe porque lo vivió justo la temporada en la que se despidió del FC Barcelona.

Escribí hace ya tiempo lo siguiente acerca de la rebeldía de un jugador de fútbol cuando de cambiar de aires se trataba:

 

En rebeldía podría definirse como el acto por el que un jugador, con su actitud, se enfrenta a su club para cambiar de aires bien porque le atraen los cantos de sirena de un gran equipo deseoso de tenerlo en sus filas, bien porque no le gusta el trato que está recibiendo por parte de la directiva o el entrenador, en la mayoría de los casos por no sentirse suficientemente valorado en lo económico, o porque extraña sus orígenes, y considera que le es más conveniente cambiar de aires, o bien, contrariamente a lo que piensa el cuadro técnico, porque decide quedarse para demostrar que tiene hueco en la plantilla, etc… Todas estas posibilidad con un espectador de fondo: el dinero

 

Como todo negocio cada nueva temporada se deben hacer cambios. Lo normal es que suceda lo que en las líneas anteriores comentaba, lo raro es que se dé un ejemplo como el del feeling. ¿Cuánto se puede valorar, en cifras, el costo de la economía del feeling?… (continuación en sportyou).

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Esto no es fútbol: Las repercusiones de la guerra del hotel

Guerras, batallas y escaramuzas. Durante este Tour ganado con poderío, Alberto Contador tuvo que disputar dos guerras, la de la carrera y la del hotel; varias batallas en la carretera, perdidas y ganadas, como Verbier y La Colembiere; un golpe de autoridad, como Waterloo para Napoleón, con la contrarreloj de Annecy; e infinidad de escaramuzas que a modo de guerra psicológica emplearon las nuevas tecnologías y el twitter de rigor, obstáculos para el único objetivo que se había impuesto. Ganada la guerra, realizó Contador la declaración del triunfador, poniendo los puntos sobre las íes, y dejando escapar toda la tensión acumulada con esa afirmación de caminos separados con la que cerró su rueda de prensa.

Ayer, por el Mont Ventoux, la “colina” en la Provenza francesa o el paisaje lunar desde la que se puede ver París, el ciclista de Pinto quiso engrandecer su triunfo. No sólo era compañerismo, mal disimulado, sino cumplir los designios del ciclismo de siempre, del antiguo sin pinganillos, aquel que asigna el valor de un triunfo según los ciclistas que te acompañan en el podio de los Campos Elíseos.

Por primera vez en diez años, Lance Armstrong tendrá que esperar a una fotografía histórica, y a la petición de otro ciclista para que le acompañe y suba con él al lugar del primero. Para alguien tan orgulloso como el tejano supone la primera afrenta en la nueva guerra abierta entre los dos ciclistas de cara al nuevo campo de batalla: Tour 2010. Contador lo sabía, había tejido su plan la víspera, y por eso no quiso ganar ayer la etapa.

Piensa Armstrong, que no tiene en cuenta la reflexión anterior, ni la trampa encubierta que encierra su acceso al podio… (continuación en sportyou).

Esto no es fútbol: Del pinganillo al aburrido cerebro del ciclista

La dirección del Tour impuso una jornada sin el uso del pinganillo entre los equipos, buscando llevar al ciclismo a sus orígenes, al universo de los años 80, los tours donde mandaban los corredores y sus instintos, de los ataques largos y la lucha sin cuartel en todo el recorrido. Sin embargo, el ciclismo como tal ha cambiado, se ha industrializado porque alguien ha comprobado que ese modelo funciona (piensen en Lance Amstrong, y valoren cómo de buena ha sido su aportación a este deporte). Como decía Henry Ford cuando creó su empresa, el problema de sus trabajadores es que vienen con cerebro y yo quiero sólo sus brazos. Y empiezo a pensar que los directores y los mandamases de los equipos es justo lo que quieren o buscan, sólo dos piernas sin cerebro, del resto ya se encargan ellos, para eso tienen el pinganillo..

El ciclista romántico, escuela a la que se apunta Contador, alma libre encorsetada en la estructura de un equipo que controla todo, hasta el tran tran al que debe moverse el pelotón, reniega de los pinganillos, y sueña con el ciclismo que le han contado sus viejos amigos en sus entrenamientos, esperando movimientos, ataques, algo de vida y rebelión entre sus enemigos. Pero éstos no llegan, convirtiendo las expectativas del inicio de carrera, en el tedio y el aburrimiento que ellos no querrían. El ciclista de Pinto sabe que si eso se da, se arrastrará a los espectadores a las pantallas de televisión. En caso contrario, estarán enseñando a sus sufridos seguidores el camino al descanso siestero, ese que trae impuesto el pinganillo industrial.

Los corredores se rebelaron contra su ausencia, mostrando que tienen cerebro, aunque en realidad estaban engañando con su predisposición, por el riesgo que supone correr sin él, dicen. Las viejas glorias, ciclistas de leyenda, se ríen de la afirmación, y más, cuando muchos de ellos, ni en carrera lo llevan puesto… (continuación en Sportyou).

Esto no es fútbol: …Y Wimbledon perdió su esencia

Parece que no, pero es así. En los siete últimos años el mismo jugador en la final, Roger Federer, y poca variación en el rival más allá de Rafa Nadal y Andy Roddick, que ha aprovechado la ausencia del mallorquín. Se repite también la eliminación de un británico en semifinales. Parece que se repiten las cosas, o eso creemos. Sin embargo, Wimbledon ya no es el torneo de hierba. Ha perdido la esencia: la lluvia y el tiempo cambiante, los partidos maratonianos de varios días con interrupciones, y el contraste de jugadores de saque y volea frente a restadores. ¿La culpa? Dejando fuera a Federer y a los jugadores, del techo corredizo de la central y sus 117 millones de euros de coste.

Uno no puede sentirse orgulloso ante el despliegue de medios que supone ese techo que empieza a cubrir la pista central para proteger la hierba de la lluvia para que los partidos se puedan seguir jugando. Supone plegarse a los compromisos comerciales, a las televisiones, a quien manda hoy en día en el mundo del deporte. Y todo eso implica, que no importa la historia y la tradición, ni lo que supone jugar en Wimbledon. La cubierta cambia las cosas, hasta el punto de convertir en sauna una tarde nublada.

Al menos quedan las fresas, el público o la colina de Henman, allí donde los pocos pudientes pueden seguir los partidos de sus ídolos. A ellos la lluvia no les da respiro. Dinero y deporte, en desigual disputa. La esencia de las tradiciones y el peso de la historia de un torneo legendario. ¿Y todo para qué? Ahora a esperar que Federer entre en la historia y cumpla su sueño. La ausencia de Nadal le ha desbloqueado, no hay más secreto. Delante, en la última etapa, un americano que regresa, Roddick encomendado al espíritu de Connors. Pese a eso, la cubierta le ha hecho un flaco favor a la historia de este torneo.

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Esto no es fútbol: De Wimbledon, Federer y el “mago” Santoro

“Claro que a mí de chico me encantaba ganar, y hacía todo lo posible para ello, pero siempre desde el respeto, y el disfrute. Disfrutar aunque no siempre ganes. Nosotros no teníamos la ambición de ir a unos Juegos Olímpicos, porque no teníamos esta información. Yo no soñaba con ser ésta o aquella estrella, sino con parecer a mi hermano mayor, porque eso era lo que veía. Hoy lo más peligroso es que no es el niño el que sueña, sino el padre. A mí, mi padre no me contó lo que le había dicho mi primer entrenador (“nunca he visto nada igual en waterpolo, tiene 12 años y ya sabe más que yo”), no me lo dijo hasta que fuí el waterpolista Estiarte”, Manel Estiarte.

Es el torneo que muchos jugadores odian, por tener que jugar sobre hierba, pero que ninguno se quiere perder. Las palabras de Estiarte me hacen pensar en el torneo londinense, y allí, en Federer y en Fabrice Santoro. Ambos ejemplos para los jugadores jóvenes, a su manera, sobre todo el francés que ha jugado su último partido en Londres, y a quien el suizo admira, por lo que significa en este mundo del tenis tan industrializado.

Santoro ha entendido siempre un partido de tenis, como el juego del ratón y el gato. Él no disponía de las armas de sus jóvenes rivales, pero a base de golpes liftados y otras triquiñuelas, conseguía engatusar a sus rivales y al público. Los jugadores le pusieron el mote del “mago”, porque eso era lo que hacía en una pista de tenis, sacarse golpes de la chistera. Con Santoro nunca llegabas a ver golpes planos a la línea, no, lo suyo era el punto trabajado, buscando el arte con su raqueta como el cincel lo hacía sobre una roca. Bien ha hecho Federer en recordar su retirada. El homenaje rendido de la estrella. Se lo merece.

Lo del suizo en la central de Wimbledon, también es arte. No corre, flota. Ni golpea, al contrario, dibuja ángulos con su derecha. Va de puntillas, sin apenas despeinarse, sacando sus partidos con la facilidad de alguien que disfruta con lo que hace. En una semana de juego, el suizo da una sensación de superioridad que asusta, más, cuando no se atisba nadie en el horizonte que tan siquiera pueda hacerle frente. Va camino del récord de los 15 Grand Slam, de su sexto Wimbledon, de la historia. Correcto, pero verle jugar sobre la hierba de Londres es rendirse a la evidencia: pasen, vean y disfruten. Durante algunos puntos de sus partidos, estamos cerca de la perfección en una pista de tenis. Y él, sin negarlo, echando de menos a Nadal, al otro jugador, Santoro aparte, a quien admira. En el fondo, tributo a dos genios.

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