Esto no es fútbol: Ese algo llamado polimpismo

El apoyo a Río de Janeiro ha sido amplio. Y por qué no, pensarán algunos. Durante estos últimos días, incluida la hora final de espera en la que creíamos que el milagro era posible, soñábamos con la utopía de un triunfo. Sin embargo, la realidad en forma de decepción ha encontrado su sitio. Ganó el polimpismo, esa mezcla entre política y diplomacia que con el gancho del deporte inexistente en esa jubilación a cuerpo de rey que es este organismo, determina quién organiza unos Juegos Olímpicos. Son las reglas de la trastienda de esa empresa llamado CIO (COI en español), que se aprovecha de incautos como la delegación de Madrid 2016 para darle sentido al paripé que hoy hemos visto.

Duele pensar que en el fondo somos tontos, que habría que haber dejado de hacer el tolili hace mucho tiempo, y no habernos quemado en una misión que teníamos perdida desde hacía dos años, cuando Río de Janeiro pasó el primer corte para convertirse en ciudad candidata y dejó su destino en manos de quienes saben qué hay que hacer para convertirse en ciudad organizadora de unos Juegos Olímpicos.

Pensaba que el polimpismo no estaba tan incrustado en la mente de los Coitos, aquellos que viviendo a cuerpo de rey determinan qué ciudad es buena o no para organizar algo tan importante. Si en teoría es el deporte lo que justifica la calidad del evento, es la ceremonia inaugural la que determina hasta donde llega la organización y el país. La elección de Río se basa en la fuerza de algo cuyo mérito no le corresponde: que Sudamérica no haya organizado aún unos Juegos Olímpicos. Y esa injusticia debería determinarse de otra manera. ¿Por qué no lo han hecho antes? Se me ocurren varios apuntes, sustentado sobre uno principal: no tenían el poder -y dudo que a día de hoy lo tengan- para cumplir con el importante compromiso que les ha caído en las manos. Como con Londres 2012, se ha premiado algo virtual, sobre la base de las mismas personas que consiguieron en la trastienda de Singapur que la capital inglesa resultase ganadora frente a una candidata mejor en todos los sentidos, Madrid, y otra con la que el CIO tiene una deuda histórica, París.

Jacque Rogge consiguió engañar a Gallardón, pero no a París, para presentarse para 2016, con la palabra de que no existía la regla no escrita de la rotación de continentes, para tener en la manga una candidatura fuerte y segura (ya que sabía que París, bastante escarmentada, no caería en la trampa). Sólo faltaba que Lula estuviera inmenso en su trabajo, y un mapa demoledor, para apelar al sentimiento de los miembros del CIO e indicarles que la única opción válida para salvar una injusticia universal era votar a su ciudad… (continuación en sportyou).

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